William a día de hoy comprende perfectamente su situación y conoce
como nadie como ha llegado a ella, ya que es dueño de toda su vida. Él es
consecuente con que el lugar en el que se encuentra, pero no lo ha conseguido
solo; las circunstancias le han llevado al punto donde se encuentra.
Llegó a la vida en el seno de una familia modesta, de padre
obrero de la construcción y madre ama de casa y nada más nacer ya tenía una
hermana, le tocaba ser el primogénito. Sus padres habían sido viudos
previamente y su hermana mayor, Dorothy era hija del padre solo, además no
vivía en casa, estaba con sus abuelos en otra vivienda, aunque en el mismo
barrio. Su padre, Johan, trabajaba de sol a sol para llevar comida a casa
mientras que su madre, Angela se dedicaba a tener la casa en su orden, era lo
que la sociedad les había enseñado a hacer.
Con un año y medio nació su segunda hermana, Catherine, todavía
sus padres cuentan de vez en cuando como William se puso a llorar como un loco
porque no había salido niño. Puede parecer un dato simplemente curioso, pero
para William aún a día de hoy siente ese dolor interno que, aunque mínimo, fue
uno de los que marcaron su carácter.
En sus primeros años de vida siempre fue muy tímido; lo era
porque no podía articular palabra hacia los demás a pesar de que empezó a leer
con tan solo tres años con la ayuda de su padre; la adulación que le rodeaba le
hacía sentir reprimido. Hasta su entrada en el colegio sufrió más de una
decepción que jamás ha podido desechar, mas no sabía que acababa de empezar.
Todavía recuerda como si hubiera sido ayer su primer día de
guardería, estaba en la calle de al lado, pero no quería ir, le aterraba la
idea de separarse de su casa, cosa bastante normal en un niño reprimido. Aquel
día pataleaba como un poseso junto a la puerta de la guardería para evitar esa
reclusión y lo único que consiguió fue un donut, cree recordar que fue el
primero que tomó, ya que en casa en esos momentos no se compraban artículos de
ese tipo ni siquiera para la alimentación, se compraba lo estrictamente
necesario.
Angela tiene una idea de alimentación bastante extravagante;
ella sin duda hasta ese momento solo había alimentado a sus hermanos pequeños,
que habían sido ocho, y por su forma de ser actuaba ante sus hijos del mismo
modo, dando lo que mejor pensaba, pero sin mirar cómo ni con quien. No pocas
fueron las veces que iba su madre al dormitorio en medio de la noche con un
biberón de leche con un huevo batido dentro, algo que le repugnaba y que encima
no dejó de hacerlo hasta incluso sus diez años; más de un biberón rodó por los
suelos mientras se obcecaba en esa repugnante obsesión de forma de
alimentación. No solo le producía asco el contenido del biberón, lo peor era la
actitud de Angela, obcecada y sorda ante una simple petición de William.
Esa casa era arcaica en el sentido de vivir la vida, era una
monotonía espantosa de la cual él iba dándose cuenta a medida que fue yendo a
la guardería. Detalles como el ver que el bocata de un compañero estaba hecho
con una barra de pan le hacían sentirse inferior ya que él llevaba dos
rebanadas bien gruesas de un pan que difícilmente podía masticar por su dureza.
Empezaba a sentirse incómodo en mi casa porque en la guardería era el
diferente. A medida que más salía de casa más cuenta se daba de que en ella
solo encontraría una forma de vida que no le gustaba; esto tan solo con tres
años, algo que le marca muy gravemente.
No solo el bocadillo, había muchos otros detalles que le
hacían poner de los nervios como el hecho de ver un pequeño bote de algo
llamado zumo… no sabía lo que era y cuando preguntaba en su casa le decía su
madre que eso eran porquerías, toda una lección de inferioridad con respecto al
resto. Tal vez le hubiera bastado con decirle que la economía familiar no permitía
obtener estos productos, pero empezó a detectar como se le mentía directamente.
Nunca me terminaba ni un solo plato de comida, todo lo que
veía eran plastas farragosas que para nada le invitaban a tomarlas; Angela tan
solo se ocupaba de decirle a Johan de que él no quería comer y que era porque
estaba mal. No era capaz de entender lo que quería decirle, pero como era su
madre había que agachar la cabeza y seguir soportando.
Poco después ocurrió lo inevitable, siendo tan pequeño y
encontrando palabras y hechos desconcertantes para él comenzó a demostrar un
nerviosismo impropio de un niño de tres a cuatro años.
Ese nerviosismo fue a más porque ya empezó a dejar de
preguntar por estas cuestiones que si bien para un adulto pueden ser banales
para William era todo un rechazo de frente y sin explicaciones de su madre,
había comenzado el “porque sí”.
Siempre escuchaba y asimilaba todo lo que fuera razonable a
pesar de su corta edad, pero ese sin saber le hizo explotar en su nerviosismo;
con cuatro años se hacía pis encima estando en la guardería. No hay nada más
denigrante que ese momento sobre todo cuando no sabía por qué ocurría y más aún
cuando su madre se lo reprochaba. Incluso la profesora se llevaba las manos a
la cabeza diciéndole que eso no era normal y le criticaba a escondidas,
cuestión que él escuchaba y le hacía mella.
Fue sin duda el momento en el que dejó de creer las palabras
que su madre le decía, se hacía el sordo porque veía que no solo no servían,
sino que además le dañaban y sepultaban sus ganas de poder conocer, crear y
dibujar su propia vida.
Luego comenzó el colegio a los cinco años. Ya llegó con la
predisposición de ser un inadaptado porque seguía sin tener respuestas y el
nerviosismo no solo no remitía, sino que aumentaba al encontrarse en un lugar
más amplio y más masificado de personas, un lugar nuevo, que le sumió en una
soledad más profunda al no verse preparado para socializarse sin haber
aprendido antes.
Al principio el colegio le sirvió para empezar a evadirse de
la tormenta sufrida en la guardería, pero poco a poco empezó a sucumbir ante esas
inquietudes innatas. Era avanzado en las cuestiones de aprendizaje lo cual le
hizo ver que era diferente cuando lo que quería era ser solo uno más. La vida
fuera del colegio solo iba a peor ya que cuanto más se oponía en casa más se le
reprochaba.
Sin embargo, había un contraste muy alto ya que las notas de
estudiante eran perfectas y se lo hacían ver así. Las adulaciones en lugar de
darle ánimo le hacían mella. Tiene en su memoria grabado claramente como su
profesor de segundo curso a los siete años le dijo a sus padres que era una
joya en bruto; mal mensaje para alguien que entendía perfectamente que no
quería destacar, sabía que destacar era apartarlo del resto del grupo, tal y
como fue sucediendo en el tiempo.
Desde ese momento la intranquilidad se apoderó de William,
con solo siete años ya tenía que demostrar aptitudes inverosímiles para su edad
y lo peor de todo era saberlo, ser consciente de ello. Estaba mirado con lupa,
tenía que conseguir una perfección adulta con tan corta edad que le provocaba una
grave aversión hacia los demás.
William se convirtió en lo que se le dispuso, un niño
inadaptado capaz de ver lo que otros no podían, pero incapaz de hacer lo que
quería debido a sus imposiciones externas. Las imposiciones que los de su
alrededor le daban las hacía suyas convirtiéndose en un niño excesivamente exigido
en todos los aspectos. La exigencia que siempre llevó peor fue la de como debía
ser su actitud hacia los demás.
En paralelo estaba la vida fuera del colegio. Como durante
las clases aprendía con tan solo escuchar tenía mucho tiempo para ocio y en
aquella época fuera de las tecnologías actuales nada como poder jugar al balón
en la calle; aquí apareció una nueva imposición de sus padres, “a la calle no
puedes salir porque hay mala gente…” ¿De qué iba esto? A pesar de realizar
correctamente su trabajo estudiantil no podía disfrutar del aire en la calle.
Consecuencia clara, apenas tenía amigos en el barrio. Y era otro lugar donde
sentirse completamente rechazado.
Pero sin amedrentarse cogía y salía de casa a escondidas,
aprovechando que su padre estaba trabajando y su madre con sus labores. Luego
al volver se llevaba una bronca que seguía sin comprender. Además, era la
bronca típica de Angela que le decía a Johan que tenía que castigarle porque se
había comportado mal; su padre hacía lo que ella le decía sin mirar el
trasfondo en ninguna ocasión. En aquel momento el castigo era un buen zapato o
un áspero cinturón. Él se escondía debajo de la cama, pero la zurra se la
llevaba y, a día de hoy, la sigue viendo injusta porque como niño que era entendía
que tenía que divertirse máxime siendo tan disciplinado como era en sus tareas.
Todo lo que hacía bien no tenía recompensa y lo que hacía
mal tenía castigo y así fue convirtiéndose en un niño cada vez más desapegado;
sin saber lo que era el estatus sabía dónde estaba, la sociedad en la que vivía
le daba asco y sus actos comenzaban a ser cada vez más drásticos.
Comprendió que no iba a recibir una reprimenda diaria y
aprovechó para hacer algo mal cada día. Se jactaba de ver como fastidiaba a sus
padres con sus actos al mismo tiempo que se tenían que reprimir porque les
estaba haciendo ver que no era tan malo; había creado dentro de sí mismo un
alter ego que aparecía nada más salir del colegio y llegar a casa.
Pero como sus padres eran distintos comenzó a comportarse de
manera distinta con Johan y con su madre. Para su padre empezó a ser el chico
bueno que hacía sus estudios y cumplía con sus obligaciones; con su madre empezó
a ser un demonio por tener que oír sus frustraciones, cuanto más le dolía algo
más lo hacía. Mentalmente era capaz de ver claramente esa dualidad de
comportamiento en sí mismo hacia los demás según cada quien.
Su madre le sacaba de sus casillas y un día con seis años le
dejó a medio camino del colegio y le dijo mirándola a los ojos que no le daría
un beso por ser una mala madre. Aquel día de colegio estaba aterrorizado porque
sabía que había hecho algo mal socialmente mas de manera consciente, pero por
otro lado estaba orgulloso porque hizo lo que consideró que tenía que hacer.
Poco a poco el distanciamiento con Angela fue agrandándose y al mismo tiempo se
acercaba a Johan que si bien no era de aportar cariño sí que al menos le dejaba
avanzar en su camino de aprendizaje a todos los niveles.
La relación que tenía con sus hermanas era muy escasa, tanto
que incluso a Catherine la usaba para manifestar contra ella mis frustraciones;
acerca de esto desconoce los motivos, pero sí que recuerda los efectos, ese
comportamiento era inadecuado en este sentido y a pesar de ser consciente de
comportarse mal lo usaba para sentirse que alguien podía estar bajo mi control.
Sin saberlo estaba aprendiendo lo que era la autoestima, pero por un mal
camino.
Por otro lado, acababa de nacer su hermano pequeño, Dustin,
lo que le sirvió para alejarse un poco del trato de su madre que le tenía
bastante atenazado. Veía como al no estar siendo mirado con lupa podía avanzar
en aprender a vivir como él consideraba correcto.
Un momento que ha quedado grabado en su memoria para siempre
fue el 24 de junio de 1984, era la recogida de las notas del cuarto curso y
habían sido las mejores de toda la clase. William estaba en casa esperando a
que su madre llegase de recogerlas y cuando trajo esa buena noticia decidió que
tenía ganas de irse a casa de su primo y como no, su madre se lo negó. La
puerta de salida de casa estaba estropeada y hacía falta mucha fuerza para
poder abrirla ya que el sol la había dilatado. Tal era su predisposición a
salir a eso de las doce del mediodía que empezó a forzarla mientras escuchaba
los chillidos de su madre hasta que por descuido empujó en la zona del cristal
rompiéndolo y atravesándolo con su brazo provocando un corte a la altura de la
muñeca por la zona interior. La respuesta de su madre fue que eso ocurría por
no hacerle caso. Él solo y sin ayuda tuvo que coger un paño y vendarse porque
su madre le dijo que se lo había buscado solo y ella no iba a llevarle a
realizar ninguna cura. La sensación de desasosiego e impotencia fue impactante
para William. Tuvo que esperar tres horas desangrándose hasta que Johan llegó
de trabajar para llevarle a curar; dieciocho puntos milagrosamente a un
centímetro de las venas que le dejaron una cicatriz aún visible. Mas no es la
cicatriz ni los puntos lo que más le dolió, lo peor era que el distanciamiento
con su madre ya era total. Comenzó un odio incurable, era un niño bastante responsable
y su madre le detestó.
Esta acción reforzó sin duda su frustración de soledad que
provocó un mayor estado de nerviosismo. Quedó marcado en el brazo, la cabeza y
el corazón.
Así que se sumaban distintos factores, a saber, un rechazo
duro en casa proveniente de su madre, un rechazo en la escuela por ser
incomprendido y un rechazo en el barrio por ser invisible.
Un día de ese mismo verano de 1984 pidió a Johan que le
comprase una bicicleta, ya que veía como los conocidos que tenía siempre
andaban con una y quería ser como ellos, la respuesta de Johan fue tajante, “no
te voy a comprar una bicicleta, pero si quieres cuando tengas edad te compraré
una motocicleta…”. Ya no sabía a qué agarrarse porque no era una explicación
coherente, creía que le podía haber dicho que no había dinero en casa, pero no
lo hizo, los asuntos seguían siendo así, porque sí.
Los días pasaban porque no había más, tan solo iba
reforzándose en sus convicciones y experimentando la vida. Ya había llegado a
los nueve años y estaba solo así que comenzó a centrarse en lo único que
parecía que se le daba bien, estudiar. Estuvo sacando las mejores notas de su clase
desde el primer curso hasta el séptimo.
Todas las materias de conocimiento se le daban muy bien,
pero tenía una molestia por no ser bueno en dibujo, artes plásticas y educación
física; esta molestia le mermaba, pero lo compensaba con el resto. Sin embargo,
en ese resto de materias se sentía aburrido porque con solo escuchar al
profesor se le quedaba grabado todo. Tanto se aburría que empezó a intentar algo
nuevo, socializarse y tratar de hacer amistades.
Un día entró en clase una compañera nueva, venía de Madrid, se
quedó embobado con ella, era la primera persona que conoció que venía de fuera.
Era una chica muy guapa, le gustaba mucho sin duda, pero su actitud de
reprimido le impedía acercarse a ella. A eso puso solución sin querer el
profesor, la sentó justo junto a William en un pupitre que era doble, vaya
manera de temblar que tenía por tenerla pegada. Al poco tiempo comenzó a hablar
con ella, pero siempre en lo concerniente a los estudios; a ella no se le daba
bien las matemáticas y las ciencias naturales así que vio una buena ocasión de
acercarse un poco más.
Le propuso que podría copiarle en los exámenes si quería, no
era un método elegante pero sí que le encantaba cuando le miraba, comenzó a
conocer el amor de un modo muy inocente, de hecho, era platónico, ya que tan
solo estaba dentro de su propio ser.
Sin embargo, el resto de la clase comenzó a darse cuenta y a
decírselo y como su nerviosismo creció abdicó en el hecho de acercarse más, con
gran frustración y sin palabras que poder decir hacia ella. Tiempo más tarde pensó
que se equivocó, pero como no era la primera vez simplemente tragó su orgullo y
se puso otras metas. Ya por aquel entonces pensaba que no tenía que quedarse
sin decir nada, pero seguía haciéndolo, era incongruente pero debido a que le
generaba más tensión hacer lo que pensaba que callarse y seguir por otro camino.
En octavo todo cambió porque llegó a su vida una ilusión, la
tecnología informática y sabía que a esta cuestión sus padres no se iban a
negar, le pidió a Johan que le apuntase y comenzó su “carrera” como
informático. Se le daba muy bien, tanto que descuidó el curso de octavo sacando
las que serían las primeras malas notas. Las solucionó sencillamente en el
tercer trimestre con un poco de aplicación; ahora estaba centrado en la
informática como una base en su vida que le apasionaba.
Estaba deseando que llegara ese verano de 1990 para poder
deshacerse de ciertos compañeros de curso que se mofaban de él creyendo que por
ello se iban a sentir superiores. Trataba de evitar los momentos de tensión,
pero eran inevitables en muchos casos llegando en algún caso a la típica pelea
de niños en la que siempre salía mal parado por no tener destreza física.
En una ocasión así la chica que estaba junto a él en sexto,
Hellen, se acercó y de un plumazo apartó los improperios y le dijo algo que aún
recuerda con mucha ilusión: “William está muy bueno” … ¡guau! pensó, fue el
momento en el que se dio cuenta de que se había equivocado con ella tiempo
atrás pero aun así lo dejó paralizado. Antes de terminar el curso Hellen se
tuvo que marchar del colegio y no pudo ni despedirse, a día de hoy sigue
llevándola dentro y echándola de menos.
No todo era malo en su vida hasta ese momento, era un niño
listo, educado y fiel a quien le hacía bien. Trataba de sacar las cosas buenas
porque las malas existían porque sí.
Cuando terminó el colegio dejó a muy buena gente atrás y a
otra menos buena gente, por suerte a día de hoy sigue en contacto con alguno de
ellos y ellas y es muy reconfortante.
En este momento no tenía ganas de estudiar, pero Johan en
acuerdo con el director del colegio le impuso pasar al instituto como paso previo
a ir a una universidad que, aunque William tenía claro que no pisaría, tuvo que
aceptar obligadamente. Sin ninguna otra opción pasó al bachillerato.
El instituto era un nuevo cambio. Compañeros nuevos, casi
ninguno del colegio o al menos no de los más allegados. Los primeros días
fueron muy desconcertantes; había novatadas que nunca permitió gracias a venir
de vuelta de cualquier burla y con lo que obtuvo una cierta estima por parte
del resto de los nuevos compañeros, aunque a la vez generaba tensión. No se
preocupaba porque sabía que iba a estar allí sí o sí. Sencillamente se adaptó y
fue donde realmente empezó a socializar con los demás compañeros, aunque solo
los masculinos, con las chicas no le salían aún las palabras.
Y al considerar la entrada en el bachillerato como una
imposición comenzó con su rebeldía. Iba al instituto a pasarlo bien, en la
primera evaluación logró cinco suspensos de nueve asignaturas. El descontento con
el camino que habían escogido por él provocó esta situación y además una grave
frustración con Johan. En su madre también, pero esa relación ya la tenía por
denostada así que le daba igual.
Johan le propuso trabajar con él por las tardes y así en
caso de que no saliera bien en los estudios al menos aprendería un oficio y
provocaba el quitarle de la calle como él decía; no le terminaba de gustar,
pero tenía su parte buena como por ejemplo que probó su primera cerveza; aún perdura
en su recuerdo exactamente ese momento, la compañía y el lugar donde sucedió.
Así fue, iba al instituto por la mañana a hacer el vago y por la tarde se ponía
a cargar ladrillos hacer mezclas de cementos y ayudar al oficial, se había
convertido en el peón perfecto para su padre. Siendo su hijo le pagaba lo que
quería, pero fue astuto y le dijo que no quería dinero, quería tener su primer
ordenador, comenzaba en el mundo de la negociación dando antes de recibir.
Pocos meses después lo había conseguido, tenía un flamante
Amstrad PCW8256 con impresora incorporada lo que para la época era como ser
todo un geek. Evolucionó de manera radical en la informática y tanto fue así
que lo siguiente fue dejar el trabajo para comenzar a dar más clases de
informática por la tarde. Johan vio que era algo que le gustaba y que además se
le daba realmente bien.
Era un ordenador que prácticamente nadie tenía y que le
permitió, entre otras muchas tareas, a realizar modificaciones en las notas de
algún compañero, nunca lo usó hacia sí mismo porque no quería mentir, pero
mentir para los demás le emocionaba y eso sin contar lo grande que le hacía el
ver que lo aprendido servía para algo. Sus compañeros alucinaban con las copias
perfectas de las evaluaciones, nunca nadie supo que ocurrió salvo ellos y William;
ningún padre ni profesor vio el engaño. Era algo grandioso el poder servir a
los demás, aunque fuera en una cuestión poco ética; su estima empezaba a subir
y empezaba a tener un status para él más adecuado.
Johan invirtió unas 300.000 pesetas de la época, algo
prohibitivo para él, pero apostó por William. Todo se truncó cuando la academia
echó el cierre debido a un desfalco del dueño. Su padre que había puesto a
plazos el pago del curso se vio en la situación de que tenía que seguir pagando
a la financiera sin embargo el curso no se terminó.
Y ahí volvió a entrar en acción la madre, en palabras
textuales le decía que “era el responsable de un gasto innecesario que
provocaba un hundimiento económico en la familia”. Desde ese momento el odio
que le tenía llego a límites extremos, dejó directamente de hablarle, darle un
beso y ni siquiera la miraba a la cara o le respondía. William se hundía con esas
palabras y provocaba que la rechazase como madre para darle el status de chacha
de la limpieza. William sentía que ella no era nada más que eso.
En el instituto empezó a hacer deporte por su cuenta;
comenzó a jugar a futbol sala, baloncesto, voleibol y tenis de mesa. Éste
último no se le daba mal. Aparte Johan había comprado una bicicleta debido a la
insistencia en casa. Esto hizo que la libertad de William llegase a unas cotas
que nunca antes había conocido; hacía exactamente lo que quería y cuando quería
mas sin hacer daño a los demás. Solo sabía que hacía daño a su madre, pero eso
no le parecía mal por lo vivido con ella.
Finalmente, en el primer curso de bachillerato le quedaron
seis asignaturas pendientes en la convocatoria de junio y para poder pasar de
curso tan solo podía tener un máximo de dos. Estuvo todo el verano dando clases
particulares y aprobó cuatro en septiembre, objetivo logrado. Justo unos días
antes había contraído la varicela y tuvo que hacer los exámenes con fiebre y un
gran malestar, pero estaba concentrado en ello y lo sacó adelante. No solo
había logrado el objetivo, sino que, además había intuido que para que iba a
estudiar durante los nueve meses del curso si con estudiar los dos del verano le
bastaban.
Esa fue la conclusión que sacó y de hecho la llevó a cabo en
los siguientes cursos, pero con una diferencia, seguía mostrándose rebelde así
que repitió segundo, tercero y COU. Siete años de estudios que se concentraban
tan solo en el verano y funcionaba, aunque de un modo lento y mal visto. En el
total de estos cuatro cursos aprobó más asignaturas en la convocatoria de septiembre
que en junio, curioso cuando menos.
En el segundo curso había continuado con la inapetencia por
el estudio; estaba centrado en simplemente disfrutar ya fuera haciendo deporte
o trabajando y experimentando con la informática. El primer trimestre solo fue
el presagio de lo que iba a ocurrir en los estudios, sacó ocho insuficientes de
nueve asignaturas. Johan se tiraba de los pelos y William agachaba la cabeza
porque no quería oír nada. Finalmente, ese año tuvo que repetir, el esfuerzo en
verano no sirvió. Algo que tiene clavado muy bien de aquel verano fue que tuvo una
caída con la bicicleta que le provocó multitud de magulladuras y una rotura en
la muñeca derecha; en plena recuperación y tras un mal gesto con la mano se
rompió el cúbito. Estuvo varios meses para poder recuperarse, pero era muy
doloroso. El tenis de mesa fue una herramienta que le sirvió para recuperar la
movilidad.
Los siguientes años de instituto no fueron apenas
emocionantes ya que fueron un calco de los dos primeros. Iba al instituto por
imposición y trataba de alejarse de cualquier problema que le llegase. Comenzó
a tener una estabilidad dentro de un caos en el que William se encontraba muy a
gusto.
Destacable podría ser el hecho de la relación con los demás.
Muchas tardes después de salir del instituto se iba con unos cuantos compañeros
a jugar a futbol sala; siempre tenían que trasladarse a un barrio cercano ya
que en el suyo no había ningún lugar donde poder hacerlo. Un día los chicos del
barrio de al lado se molestaron porque les quitamos la pista y llamaron al
presidente de su asociación de vecinos quien les conminó a abandonar las
instalaciones y no volver más. El grupo quedó desolado, pero decidieron hablar
con el presidente de la asociación de su propio barrio; lo organizaron muy
bien, lo primero era que iban a visitarle solo tres para exponerle que no tenían
donde jugar y él les dijo que buscaría una solución. Una semana más tarde el
presidente avisó directamente a William, porque vivía al lado, y le dio una
llave y unas instrucciones, era la llave del colegio del barrio, y las
instrucciones eran claras, un horario de entrada para martes y jueves de cinco
de a siete de la tarde y cuidado con hacer ninguna trastada. En ese momento se
sintió muy bien, había logrado algo en unión a un conjunto, era cada vez más
sociable, y no solo eso, sino que además era el protagonista.
Aquel logro obtenido continúa a día de hoy en el barrio pues
el buen comportamiento demostrado en los primeros meses avanzó en un horario
más largo, continuado y en la ampliación de las instalaciones; hoy existe allí
un complejo con multitud de pistas deportivas e incluso una escuela de futbol. William
sigue orgulloso sabiendo que dentro del anonimato participó en la consecución
de toda esta infraestructura.
Durante estos años de bachillerato seguía cada día
consiguiendo ser más social, si bien tampoco demasiado destacado, pero en una
posición bastante cómoda. Como ya tenía edad suficiente podía salir de casa y
practicaba mucho deporte lo que le permitió abrir su círculo de amistades.
Todos eran chicos y si en algún momento había alguna chica nunca se atrevió, se
cohibía. Pero llegó COU, el último curso y sabía que iba a tener que
replantearse su vida porque seguía con la convicción de no estudiar en la
universidad. Antes de empezar este curso se prometió a sí mismo que a pesar de
que aprobase no haría la selectividad y así ocurrió.
Así fue como empezó a dejar entrever a su padre que no y ya
era suficientemente mayor como para decidir por sí mismo. Johan tuvo que
aceptarlo y de manera temporal seguía yendo con él a trabajar. Comencé a tener
algo de dinero, se sacó el carnet de conducir y empezó a salir de noche con los
amigos, aunque de manera muy poco frecuente.
Cuando tuvo el carnet de conducir pidió por primera vez a Johan
que le prestara el coche a lo cual su padre se negó rotundamente sin embargo
mediante una locución de tono alto finalmente consiguió el acceso al vehículo.
Esta escena fue en el salón de casa junto a un amigo de William que estaba totalmente
colorado escuchando tal retahíla. Fue una imposición de William auspiciada en
el hecho de que se comenzaba a sentir independiente. Era muy consciente de la
forma en la que lo hizo, pero por primera vez en su vida tenía el control de la
misma, se sentía poderoso. Estaba obligando a negociar algo que en principio
era innegociable. Apareció ese William dictatorial e imponente sin mirar a
quien.
Durante ese último año en COU comenzó a relacionarse con las
personas del nuevo trabajo de su padre lo que le permitió conseguir su primer
trabajo en la vida real. Empezó a trabajar como administrativo para la Real
Federación Andaluza de Atletismo, comenzó su andadura laboral.
Hubo una persona que se fijó en sus habilidades para la
resolución de problemas y comenzó a amoldarlo, era Xabier. Tan solo tuvo que
pulsar una tecla de un ordenador averiado para dejarle entusiasmado con la
reparación. Desde ese momento fueron uña y carne. No solo trabajaba a sus órdenes,
sino que ejercía de amigo y de asesor ya que le sacaba cierta edad, unos doce
años. Xabier era una persona con una vida bastante agitada por sus situaciones
y vio en William una opción de evadirse de sus problemas ya que estando juntos
todo desaparecía.
Al mismo tiempo conoció a la primera chica con la que no se
atemorizó, fue un pequeño rollo de una semana, pero estaba en una nube, había
alguien en su vida que se interesaba por él y además del sexo opuesto. William
no daba crédito de como empezaba a infiltrarse en la realidad de la sociedad.
Había dejado atrás todo lo que no le permitía crecer y empezó a ser cada vez
más como él quería.
Al poco tiempo llego la que realmente sería su primera
relación seria con una mujer. La conoció de noche, estaba con unos amigos
tomando algo en la calle y uno de ellos vio a una chica conocida a lo lejos que
estaba acompañada por otra; sin pensárselo, de inmediato le instó a que las
llamara para que se acercasen y así fue. Aquella noche tomaron, hablaron rieron
y se fueron a un pub muy conocido de la época. Entre ellas dos se miraban
porque un desconocido había pasado de sus amigos para irse con ellas y lo más
curioso es que los tres estábamos a gusto, solo la hora de recogida de una de
ellas impidió que la noche continuara.
Pero sí que quedaron de nuevo para la siguiente semana y
dentro de su estatus de poderoso se arrancó hacia ella, era la compañera de la
conocida de su amigo, se quedó anonadada, pero le gustó la idea; ella pensaba
que William estaba colado por su amiga hasta el momento en el que le dijo que
quería hablar con ella, no temblaba, pero sí balbuceaba, ninguno de los dos
podía creer lo que iba a empezar a surgir. Aún recuerdo la fecha exacta, 19 de
julio de 1997. Fecha bien señalada en el calendario de William ya que fue justo
dos semanas después de haber comenzado a fumar.
Poco a poco se fueron conociendo y ella se sentía muy a
gusto al igual que William, querían verse todo el tiempo, se encerraron en ellos
mismos para empezar algo verdadero y realmente empezó. Ambos eran muy inocentes
ninguno había estado con una pareja realmente hasta ese momento lo cual lo
hacía más mágico si cabe.
Una noche salieron junto con unos amigos de William, llevaban
algo así como dos meses juntos. Aquella noche quedaron en el pub que más solíamos
visitar. William tomó cuatro cervezas y le cayeron bastante mal; ella pensó que
se había emborrachado cuando en realidad lo que tuvo fue una indigestión que le
provocó vómitos y mareos. Tuvo una discusión muy fuerte con William, sin embargo,
la relación siguió adelante.
En aquel momento William era muy activo, estaba terminando
COU, trabajando como administrativo, las tardes libres con su padre y el fin de
semana en un bar, creando un nuevo círculo de amistades, hacía mucho deporte,
tenía pareja… estaba definiendo su vida, consiguió un buen status en la
sociedad, un status que le hacía muy feliz. Sin embargo, seguía en casa de sus
padres por lo que decidió realizar el servicio militar obligatorio para salir
de la cárcel que le seguía atando. Podía no haberlo hecho tan solo con apuntarse
a cualquier otro instituto, pero realmente quería experimentar esa sensación de
lejanía con la casa de sus padres. Dejó todos los trabajos, el deporte y se
centró en esa escapatoria que le permitiera ver la vida desde otra perspectiva.
Muchas de las personas que le rodeaban le recomendaron que
lo hiciera, que le vendría muy bien y sin duda que fue una experiencia muy
gratificante. Consiguió a través de un buen conocido el poder quedarse en una
zona cercana a su ciudad, era lo suficiente como para salir de casa de sus
padres sin que tampoco se fuera a ver desprovisto de sus amistades y su novia.
Entró en el cuartel de instrucción en noviembre de 1998, estaba
aterrado ante la nueva experiencia de su vida, tenía nueve meses por delante
para hacerse valer por sí mismo y desde el primer día todo fue realmente
emocionante. Conocer la disciplina militar es algo que le dio el punto de
libertad que buscaba hacía tiempo. No dejó de ser en el fondo un servicio
militar descafeinado, pero sí lo suficientemente estricto como para conseguir
sacarle de su mundo que era tan fácil y plantearse retos que hasta ese momento
no había tenido. Seguía adquiriendo más experiencia.
La relación con nuevos compañeros era bastante fluida, era
el primer lugar donde se sentía socialmente aceptado y eso le llenaba mucho y
le daba alas para aspirar a más en la sociedad. Por otro lado, la relación con
los mandos durante la instrucción fue la mejor enseñanza que obtuvo ya que esta
disciplina que consiguió le marcó para toda la vida consiguiendo averiguar
desde entonces su status ante los demás tan solo mediando unas pocas palabras.
La instrucción fue tormentosa al principio, había que correr
mucho, aprender a manejar armas de fuego, aprender la vida militar en general
lo que es una sociedad estratificada con una cadena de mando inevitable para
cualquier asunto. El momento más duro fue durante las maniobras, duraron una
semana, pero en esa semana tuvo momentos de gran angustia por sobrevivir; no
eran unas maniobras muy graves, pero sí que se salían de lo normal para William,
le ponían al límite. Escuchaba todo lo que sus superiores le decían y acataba
las órdenes al pie de la letra con lo que consiguió superarse e incluso obtuvo
buenas menciones de sus superiores debido a que veían su esfuerzo por aplicar
lo estipulado.
Justo dos semanas antes del final de la instrucción tuvo una
bronquitis muy severa provocada por fumar tabaco muy barato y de fuerte sabor
en la garganta lo cual le tuvo apartado de las labores habituales militares,
había conseguido manejar mi alrededor, aunque fuese a través de una enfermedad.
Sacó provecho incluso de una mala situación, William se creía invencible.
Luego vino la jura de bandera y vino de la mano del cobro de
120.000 pesetas que se le debían de su trabajo previo como administrativo.
Quería celebrarlo con los suyos por lo que aparte de entregar las entradas para
visitarle en la jura les prometió que el dinero lo invertiría en dar una
comilona a base de bien tras salir del acto. Tenía entradas limitadas y tuvo
que decidir a quién excluía del acto; a sus padres y hermanos no podía dejarles
fuera, por supuesto que a su novia tampoco pero donde la decisión estaba más difícil
fue entre sus amigos y la familia de su novia, indudablemente fue él mismo de
nuevo e invitó a sus amigos cuestión que mosqueó en sobremanera a su novia que
se vio menospreciada al no poder invitar a sus padres. William estaba dolido,
aunque pensaba que ella no lo pudo entender, simplemente lo guardó y no solo
fue ella quien no lo comprendió, su familia también.
Luego de la época de la instrucción le asignaron un destino
lo suficientemente cercano para encontrarse a gusto dentro de sí mismo pese a que
era algo nuevo, había sido destinado a la cría caballar. En principio le
asignaron un puesto como criador de potras, algo muy nuevo para él ya que nunca
les tuvo aprecio a los animales salvo por cortesía, pero he aquí que aprovechó
esa bronquitis agravándola y provocándose tal cantidad de tos que causó una
fisura de costilla que le impedía poder hacer cualquier actividad física. Tras
dos semanas de reposo volvió y los mandos sabían que su puesto no era el
adecuado así que por curriculum le asignaron un puesto como telefonista que era
bastante cómodo; había vuelto a lograr algo que le beneficiaba, aunque fuese
menoscabando su salud; William ya era muy maquiavélico en su forma de ser y
pensar. Obtendría lo que quisiera, aunque tuviera que pactar con el diablo.
La vuelta a casa tras el servicio militar le sirvió para
vivir en ella, pero apartado de los demás; comía por su cuenta, solo, no decía
a nadie donde iba ni que iba a hacer, sencillamente estaba dando el paso de
separarse de su familia de motu propio. Empezó a vivir en su habitación y a ser
más que reservado en casa mientras que fuera de ella era una persona totalmente
distinta, muy amigable y muy presente en la vida de su novia y en la de sus
pocos amigos.
Salir de casa era como salir de la cárcel y era el
sentimiento de libertad más gratificante. Lo hacía a diario para encontrarse
mejor, iba a ver a su novia a diario, en muchas ocasiones andando con caminatas
de más de media hora solo de ida, cada vez estaba más unido a ella.
Terminó el servicio militar y entonces había que hacer algo.
El que por entonces era su mejor amigo, Xabier, le hizo explorar dentro de sí
mismo para ver que quería hacer en su vida y la verdad es que fue muy fácil la
decisión; tras la decepción con la informática debida a causas ajenas a William,
vio en la electrónica algo muy parecido y que le reconfortaba y gustaba mucho.
Mes y medio después de terminar el servicio militar amplió sus estudios y
comenzó a aprender electrónica. Podía acceder a cualquier otra rama de la electrónica
dada su graduación previa, pero decidió que quería conocer la base y eso
significaba comenzar en el instituto realizando lo que por entonces era la electrónica
general para consumo, un nivel inferior pero que consideraba imprescindible ya
que William comenzaba cualquier cuestión siempre queriendo partir de cero.
Sabía sobradamente que no se le iba a dar mal y así fue,
todo volvía a ser sobresaliente en las notas, actitud e incluso se incorporó a
un nuevo rol, era el referente de la clase. Y esta vez no lo era por ser el que
sacaba mejores notas sino porque era el mayor por edad y todos sus compañeros
vieron como acercarse a él les hacía crecer o simplemente mejorar sus vidas.
William era un referente en ese momento y pronto comenzó a
realizar actividades que provocaran un aumento de este status. Indudablemente
se convirtió en el delegado de curso y luego al poco incluso en el delegado de
los alumnos en el consejo escolar del centro. Le sirvió para aprender mucho
acerca de las relaciones y negociaciones con el resto de gremios del centro,
aunque ciertamente no aportaba mucho ya que casi solo se limitaba a escuchar y
no hablaba apenas, lo hacía como parte de su aprendizaje. En el instituto se
hizo literalmente muy popular, ayudaba a otros alumnos a conseguir sus metas ya
fueran cuestiones de estudios o de vida.
A todo esto, ayudó el hecho de tener que cambiar de vivienda
debido al nuevo trabajo que tenía su padre, había conseguido un puesto de guarda
forestal que obligaba a la familia a trasladarse a cinco kilómetros de la
ciudad por lo que ahí fue cuando obtuvo el vehículo que le permitió una mayor
libertad. Por si no era lo suficientemente popular entre los de su alrededor
aún consiguió más; comenzaba a sentir como ya no cabía en casa de sus padres y
el alejamiento verbal y formal se hacía cada vez mayor, algo que deseaba desde
hacía años.
En casa solo conseguía discutir, no había palabras gratas ya
que todo el mundo estaba muy nervioso; Johan estaba encantado y centrado con su
nuevo trabajo lo cual le abstraía de las cuestiones familiares hacia William
porque pensaba que ya iba tomando su propio rumbo y su madre solo le hablaba
para imponer a lo que él solo respondía con malos gestos y palabras hirientes
provocadas por todo lo pasado; cada vez estaba más solo en casa, pero le
parecía correcto.
Sin embargo, nada de esto sirvió para poder explotar al
máximo su posición; Johan le pidió ayuda para llevar el bar que tenía en el
parque a lo cual no se negó siempre que hubiera una contraprestación económica.
Además, cada vez que quería llevaba a su novia con la familia o a alguna
amistad invitándoles a beber y comer sin que realmente pagaran. Era algo que
hacía de buena fe a pesar de que mermaba económicamente a su padre, pero si
bien no le atormentaba sí que se sentía en ciertos momentos mal. Se paraba a
pensar que estaba aprovechándose y se lo reconocía a mí mismo, pero le daba
igual, consideraba que podía hacerlo.
En el instituto todo iba genial, se sentía importante. Se
retroalimentaba dando a los demás, conseguía felicidad viendo lo que hacía por
los demás. Tenía todo bajo control. Tanto era así que en un momento dado se
provocó una pequeña revuelta de estudiantes, la cual nunca supo porque se
produjo, pero que le obligó a implicarse ya que era el delegado de todos ellos.
Sin saber ni cómo ni por qué se vio en una reunión con la delegada de educación
de la Junta de Andalucía en la que tenía que responder por los acontecimientos
ocurridos unas semanas atrás. Cuando el conjunto de compañeros le vino a
explicar sus reivindicaciones, William no les veía ni pies ni cabeza por lo que
sabía que no iba a ser capaz de dar una explicación fidedigna ya que no cabía
en su mente defender algo en lo que no creía.
Y así fue como en la reunión prácticamente no habló, se
limitó a escuchar lo que la delegada hablaba y como lo decía con una coherencia
política innegable debido a su experiencia; no pudo rebatir ni una coma. Se
accedió por parte de educación a cumplir varios de los puntos solicitados por
el alumnado, pero no hubo que realizar nada, eran puntos claros y sencillos de
cumplir por la administración. Como detalle, aquella delegada luego se convirtió
en alcaldesa de Jerez y a día de hoy está en prisión.
Terminó el primer curso y todo iba fantástico, sacó unas
notas excepcionales, había comenzado a aprender los fundamentos de la
electrónica y ganaba dinero trabajando los fines de semana en el bar de su
padre, no le faltaba nada porque tenía cerca lo que él quería y alejaba lo que
le importunaba.
Luego el segundo curso fue todo mucho más rápido, ya estaba
asentado en su posición y simplemente actuaba como quería. Tanto fue así que en
la última evaluación apenas asistió a las clases. Esto no provocó un descenso
en las calificaciones para nada, pero hubo una profesora que le empezó a
incordiar y para colmo era familia lejana de su madre. Cuando supo quién era
William no dudó en intimar un poco lo cual al principio le pareció muy bien,
incluso fue al bar de su padre para saludar a su madre tras años sin contacto.
Creía que era alguien a quien tenía en su mano, pero nada
más lejos de la realidad, cuando se acercaba la evaluación final dijo que a
pesar de sus buenas notas no le aprobaría por el hecho de no haber asistido a
clases, “mala opción señora interina”, le dijo, “le he demostrado mis
conocimientos de manera sobrada y usted me va a dejar con un suspenso”.
No lo iba a permitir y aprovechó su status para hablar con
cualquiera que pudiera hacerla cambiar de opinión de buena fe, pero no lo
consiguió, así que un día antes se reunió con el tutor de clase, el jefe de
estudios y el director del centro. Les explicó el porqué de su falta de
asistencia, había tenido un bajón emocional por distintos factores que le
habían impedido ir a clases, pero en ningún momento había dejado de lado ni sus
estudios ni sus obligaciones para con los alumnos a los que representaba. Había
sido una justificación sobrada para evitar el suspenso, pero fue más allá y
denunció las acciones coartantes mostradas por aquella profesora no solo hacia
él sino hacia otros alumnos a los cuales convidó a firmar una carta con todos
los defectos plausibles acerca de esa señora.
La reunión con el tutor, el jefe de estudios y el director
terminó con unas cervezas en el bar, que bien supo llevarles a su terreno. No
solo le dieron la razón, sino que se comprometieron a poner fin a esta
situación. William estaba escéptico porque eran palabras solo, pero al día
siguiente vinieron los hechos. Comenzó la evaluación del curso en la que debían
estar presentes el tutor, los distintos profesores de la clase y William como
delegado de los alumnos. No sabía que iba a pasar, los profesores empezaron a
discernir sobre lo que hacer con cada alumno según su situación y le dejaron a
él para el final. Él se dedicó tan solo a dar su opinión acerca de todos, pero
cuando fue el turno de evaluarle a él le preguntaron de manera clara y directa
por su situación ante la falta de asistencia a clases. Respondió con las mismas
frases que había usado el día anterior sin entrar en hablar acerca de esta
profesora; de inmediato cada profesor empezó a decir sus notas, todas
sobresalientes salvo la susodicha profesora que dijo que a pesar de tener un
sobresaliente no podía aprobarle por sus faltas de asistencia, William giró su
mirada hacia su tutor quien, con una voz sobria, directa y cortante le dijo a
la profesora que la falta de asistencia estaba totalmente justificada y que sus
palabras no tenían razón de ser. La carcajada interior que tuvo William fue de
las más grandes que había tenido nunca. La cara de la profesora lo decía todo,
agachó su cabeza y comprendió que se había equivocado al enfrentarse a él; al
día siguiente cogió la baja y fue trasladada de centro.
A William no le dolió ni un ápice, es más, se sentía
satisfecho por hacer lo que consideraba correcto, aunque tuviese que pisotear a
otra persona. Lo consiguió usando la furia contenida hacia su propia madre
contra la profesora y dio un resultado mejor del esperado. Unos días después el
director del centro le confirmó que había sido un acto inteligente por su parte
y que la exposición que les había dado solo podía terminar del modo en que lo
hizo.
Aires de grandeza tenía porque había aprendido a dar a
entender su situación y eso es algo que pocos consiguen o al menos eso pensaba William.
Tras esto comenzaron las prácticas, ya había aprendido la
teoría necesaria y se presentaba ante él la primera oportunidad de demostrar
esos conocimientos. Le enviaron durante tres meses a una empresa en la que
desarrollaría sus habilidades como técnico de electrónica; reparaba
fundamentalmente equipos de sonido y televisores. Sus conocimientos de la
electrónica crecían día a día, pero en las prácticas observó algo que no le
gustaba, tocaba hacer trabajos que no consideraba adecuados para su
aprendizaje; ya cercano al fin de las prácticas la empresa en la que estaba le
dijo que le necesitaba para ir a hacer unas instalaciones de televisores en el
circuito de velocidad, cosa que no era de su agrado para nada ya que no le
serviría para aprender. Sencillamente no se negó a ir, pero sí que desapareció
durante unos días para no hacer el trabajo. Solo una persona supo que estaba
enfermo y que por eso no había podido asistir. Cuando supo que ese trabajo
había terminado se presentó de nuevo en la empresa para proseguir con las
prácticas. Se llevó una reprimenda del gerente de la empresa a la cual hizo
oídos sordos y siguió en su aprendizaje. Si el gerente hubiera intentado algo
contra él habría puesto las cartas sobre la mesa como ya hizo con la profesora
por lo que estaba tranquilo.
Justo al comenzar el verano consiguió lo que había anhelado,
era técnico de electrónica de base y ahora tocaba buscar trabajo. Al igual que
para todo el mundo el hecho de encontrar un trabajo para el cual no tienes
experiencia laboral fue difícil, pero se lo montó bastante bien. Aprovechó un
local de su padre que estaba casi sin uso para adecuarlo como taller y comenzó
a hacer su propia publicidad y a reparar por cuenta propia todo tipo de
aparatos de televisión, sonido y pequeños electrodomésticos. Al mismo tiempo
iba conociendo a gente nueva algunos de los cuales le guiaron para la búsqueda
de empleo por cuenta ajena. Sacaba lo mejor de cada experiencia y seguía
aprendiendo. Un día le reparó el autorradio a un empresario dedicado al mundo
de los rebobinados y tras ver mi trabajo me presentó a alguien que tenía un
taller; éste me dijo que podía ir con él pero que no podría pagarle y lo aceptó
de inmediato viendo la posibilidad de obtener una mayor experiencia tal y como
sucedió. Sin duda consideraba que era el camino correcto para la meta de ser el
mejor técnico posible.
Tras un par de meses con esta persona la relación se fue
degradando por su forma de ser, William veía actitudes que le parecían bochornosas
y empezó a mover hilos. Y mira por donde se enteró de que había quedado vacante
un puesto en la misma empresa donde realicé sus prácticas y les visitó. Si bien
el dueño de la empresa le tenía entre ojos por aquella ausencia, el jefe de
taller denotaba cierto aprecio por William no solo en el aspecto laboral sino
también en el personal y le dio la oportunidad, comenzaría a trabajar a razón
de dos horas diarias lo cual le dejaría tiempo sobrado para avanzar con si
propio taller. Técnicamente nunca fueron dos horas, siempre fueron bastante más
pero no importaba en absoluto porque seguía creciendo en sus aptitudes.
Ese jefe de taller se convirtió en su padre putativo en la
electrónica; le aconsejaba, le reprendía, le guiaba y le enseñaba todo lo que
la electrónica puede hacer y le dijo algo que le fue inspirador: “considera que
este es solo un paso para ti, debes buscar tu futuro fuera de aquí”. Unos meses
después William hacía su primera entrevista de trabajo y salió muy bien. Fue al
taller y le pidió a su jefe que tomasen un café para comentarle un asunto que le
había surgido; le dijo que había conseguido un trabajo mejor remunerado y que
seguiría creciendo y su respuesta fue de lo mejor, solo le dijo que se alegraba
mucho y que contase con él si le necesitaba, algo que a día de hoy William no
olvida.
Con menos de un año de experiencia había dado el salto al
mundo laboral real. Comenzó a dejar de evolucionar en su propio taller, ya no
le hacía falta, lo desechó y lo convirtió en un pequeño salón privado donde
juntarse con mi novia y los amigos, era frío, pero era mejor que la casa de sus
padres.
En este nuevo trabajo comenzó a ganar dinero, unos
seiscientos euros mensuales, y no sabía qué hacer con él. Invitaba a su novia a
los mejores restaurantes, se iban de copas cuando querían y le proponía incluso
realizar algún viaje lo cual ella no aceptaba por su cultura arcaica. Y
entonces apareció Johan para decirle que el dinero que estaba ganando no servía
de nada si lo usaba de este modo; le escuchó y le propuso que invirtiera en
comprarse una vivienda, algo muy de moda por aquella época. Le dijo que al
mismo tiempo de poder independizarse del todo tendría algo tangible y se podría
alejar de la mala relación con su madre. Aún hoy William se pregunta por qué le
hizo caso, aunque sabe que lo hizo por el alto valor que le daba al hecho de
desaparecer de la vida de su madre.
Y así fue, se puso a buscar una vivienda para comprar, algo
que tardó bastante poco. Encontró un piso que, a pesar de su elevado precio,
veía como el perfecto como para empezar a vivir. Su novia no daba crédito a lo
que estaba ocurriendo, no lo veía bien, le costó convencerla, pero ya llevaban
años juntos y quería la relación evolucionase. Sin embargo, fue aquí donde todo
empezó a apagarse con ella; al ella no tener ingresos le daba miedo el afrontar
tener a su cargo una hipoteca, craso error por partida doble para la relación
pues William le dijo que entonces el piso estaría solo a su nombre y el día en
que se firmó ella se negó tan siquiera a asistir. William se negó a
comprenderla, pero en el fondo fue su decisión.
No obstante, había un impedimento para poder hacer efectiva
la compra de la vivienda, su nómina no era lo suficientemente alta para poder
solicitar la hipoteca y fue ahí donde su padre le dijo que firmaría como
avalista para poder acceder al préstamo. Él habría hecho cualquier cosa con tal
de verle independizado, y así lo hizo.
Se trataba de un piso no muy grande en el que no iba a entrar
a vivir mientras no lo reformara, pero la primera piedra ya estaba puesta, el
piso era de William. Así que de primeras y tras hablarlo con su novia decidieron
ponerlo en alquiler esperando el momento en el que poder comenzar la reforma.
Al mismo tiempo se compró su primer coche propio, se lo adquirió a su buen
amigo y antiguo jefe de taller en su primer empleo como técnico. El crecimiento
estaba siendo exponencial.
Durante casi dos años estuvo alquilado el piso en su estado
original, muy viejo y útil para vivir, pero no para nosotros. En estos dos años
el piso nunca fue una prioridad en su vida, simplemente estaba ahí.
En este tiempo se dio una de las peores situaciones de su
vida, llegó la ansiedad. Desde niño siempre había sido muy nervioso e inquieto,
pero era algo que sobrellevaba sin darle gran importancia, pero hubo un día en
el que el nerviosismo paso de ser controlable a controlarle a él. Tuvo su
primera crisis de ansiedad. Iba conduciendo el coche de la empresa hacia Los
Barrios donde tenía que realizar un trabajo sencillo cuando la cabeza le comenzó
a dar vueltas sin parar a toda la situación que le rodeaba, era algo habitual
en él, pero en ese momento se vio superado. Comenzó a tener palpitaciones, el
aire no llenaba suficientemente sus pulmones, sudaba incluso con el aire
acondicionado encendido, temblaba, tenía mareo y cuanto más sentía estas
sensaciones más se revelaban.
No tenía conocimientos de problemas de salud lo cual le
alteró más ya que en lo único en que pensaba era en que le iba a dar un paro
cardíaco. Paró el coche en el arcén en dos ocasiones y tal y como paraba veía
que la sensación de malestar bajaba y podía continuar. Pero la tercera fue la
definitiva, se quedó totalmente bloqueado, paralizado e incapaz de seguir, algo
le pasaba y no tenía ni idea de lo que era. Entonces llamó por teléfono a su
novia que no tenía medios para poder ir a buscarle, aparte de que ella no
entendía la situación; llamó a su compañero de trabajo, pero estaba en otra
instalación y no podía venir a recogerlo; llamó a su jefe de ese momento y le
dijo que ya se le pasaría, que continuara; llamó al servicio de emergencias y le
dijeron que tardarían una hora… nadie le atendió en ese momento. La soledad
provocó que una hora se convirtiera en un mes sin exagerar.
Entonces llegó la ambulancia y solo con verla comenzó a
sentirse mejor, no entendía nada. No sabía lo que era la ansiedad ni lo que
provocaba, simplemente se presentó de golpe, fue igual que una puñalada
inesperada. Los sanitarios le subieron en camilla a la ambulancia y comenzaron
a preguntarle que había notado mientras William les explicaba sus sensaciones.
Le pusieron una mascarilla con oxígeno que hizo que los síntomas fueran
remitiendo. La ambulancia tardó una media hora en llegar al hospital de
Algeciras donde le recibió un médico que tras explorarle le dijo que se quedase
con el gotero y el oxígeno en la sala de espera y que no se preocupase, no le
dijo nada más, le puso a prueba. Unas dos horas después aparecieron su
compañero de trabajo y su jefe; no sabía explicarles que había ocurrido, su
compañero estaba asustado porque no lo entendía sin embargo su jefe sí que lo
sabía, aunque no se lo dejo claro, tan solo le decía que a él le había ocurrido
y que era algo normal y había que relajarse.
Volvieron todos para Jerez con un diagnóstico que William no
entendía por más que lo leía. En ningún punto decía que había sufrido una
crisis de ansiedad, seguía sin conocer el motivo de su malestar y eso le ponía
más en alerta. Fue a terminar otro trabajo pendiente con su compañero, luego fue
a ver a su novia a explicarle lo sucedido y finalmente a casa de sus padres
donde solo se lo explicó a su padre. Pero nadie lo entendió porque tampoco William
sabía que había ocurrido. Al día siguiente no fue a trabajar, tenía cita con el
médico de cabecera que sencillamente le volvió a repetir lo que más oía, que estuviera
relajado y le recetó una pastilla que provocó un cambio verdadero en su vida
del cual no era consciente en ese momento pero que a día de hoy sigue
atormentándole. El doctor le insistió en que si volvía a tener los mismos
síntomas se la tomase y se relajara y que así podría seguir perfectamente
activo. Tardó tan solo media hora en salir de la consulta cuando volvieron los
graves síntomas y se tomó la pastilla sin que apenas notara los efectos. No
notaba los efectos porque no sabía lo que le ocurría, no tenía el control y a
eso no estaba acostumbrado. La situación era de impotencia total.
Poco a poco empezó a conocer lo que le ocurría hablando con
otros doctores y personas y consiguió cuando menos allanarle su camino.
Finalmente tuvo que darse de baja temporal en el trabajo lo que le acarreó su
despido a posteriori.
Pero fue un despido que le vino muy bien ya que muy poco
tiempo antes había visto una vacante en una empresa que le llamaba mucho la
atención, era de una tienda de componentes electrónicos y era el mejor modo de
darse a conocer entre los electrónicos del lugar, le pondría cara al público y
cara a ellos en pos de un futuro puesto de reparación. Hizo la entrevista y le
escogieron, de nuevo a la primera; y así empezó a trabajar como ayudante de la
tienda de Jerez y el Puerto de Santa María. Cada día venían muchas personas de
todo tipo, pero se quedaba más tiempo sin duda con los técnicos para conocer
sus proyectos y trabajos. Conoció la magnitud del mundo de la electrónica en el
ámbito de Jerez y el Puerto de Santa María.
El sueldo era mejor lo que le permitía afrontar mejor los
gastos del piso. Si bien hubo que pedir un pequeño préstamo al banco para
comenzar la remodelación, no fue problema alguno. Y entonces fue cuando comenzó
a proyectar junto a su novia la reforma del piso. Tras pocos días el proyecto
estaba plasmado en papel y la inversión calculada y comenzaron a ello. Al mismo
tiempo la idea de casarse iba tomando forma; William no quería casarme por su
convicción atea, pero si era algo que a ella la hiciera feliz no tendría ningún
problema y siguieron avanzando hacia ello.
La obra del piso empezó. En el proyecto estaba involucrado su
padre para la fontanería, un primo suyo para los suelos y el alicatado otro
primo para paredes y techos y el propio William quien haría las veces de
electricista, peón albañil y cualquier otra que hiciera falta; muchas otras
manos también ayudaron de manera altruista. Tenía una ilusión desmedida, tanto
que en cualquier hueco que tuviera siempre estaba allí. Se levantaba a diario a
las siete de la mañana, hacía lo necesario en el piso como tirar tabiques o
allanar el suelo y de ahí se iba a trabajar, entraba a las nueve de la mañana y
salía a la una y media. Luego se paraba a comer en el bar de abajo del piso y
seguía con las labores de la obra hasta las cinco que tenía que volver para
abrir la tienda. Finalizada la jornada de trabajo iba a recoger a su novia para
volver al piso y seguir trabajando mientras el cuerpo aguantara. Tan solo se
propuso una cuestión, jamás iría en domingo ni en vacaciones, ni esa gran
ilusión podía aguantar el cansancio y así lo hizo.
Un año y medio para terminar el proyecto, pero ahí estaba,
finalizado. Faltaba pintar, terminar la carpintería y amueblar. Todo estaba
listo e incluso ya tenía la fecha de la boda, pero su novia se arrugó, comenzó
a tener miedo y a pensar que no iban a poder salir adelante, William no la
creía. Pero poco a poco empezó a estar molesta con todo, con cualquier cosa que
hacía, no era capaz de ver más allá de su propia frustración de no poder
colaborar económicamente en la pareja.
Harto de tanta pelea diaria William empezó a pensar y en
menos de un minuto se lo dijo: “piensa que si no nos casamos no estaremos
juntos porque el hecho de casarnos lo elegiste tú y debes ser consecuente”.
Cuatro días después había habido tantos gritos que William desistió. La dejó en
la puerta de su casa y desde lejos su novia le gritó: “no vuelvas más, no
quiero volver a verte” y bien que le tomó la palabra. Ahí llegó el fin de esta
relación, algo más de once años. Él no estaba dispuesto a soportar a una
persona que quería imponerse mediante el volumen de su voz. No tardó una semana
en enviarle ella un mensaje a William y leyendo este mensaje le confirmó lo
acertado de su decisión, era un mensaje lleno de insultos e improperios y no
solo a él sino también a su familia. Durante los seis siguientes meses recibió
unos cien mensajes todos en el mismo sentido. Armado de coraje y paciencia
jamás respondió a ninguno; salvo en un error que un amigo cometió a sabiendas
de que William estaba harto de estos mensajes le respondió desde su teléfono
diciéndole que no molestara más. Aquella semana fue tremenda en cuanto al
número de mensajes y los insultos, pero él ya no sentía, simplemente pasaba.
Se centró en sí mismo de nuevo y di el paso consecuente,
amuebló el piso para terminarlo. Un viernes le llevaron los muebles, el sábado
hizo una fiesta de inauguración inolvidable junto a sus colegas y al jueves
siguiente le dijo a su padre que se iba. Johan le preguntó que a donde y él le
respondió que volvería, pero no sabía cuándo. Ciertamente volvió al cabo de
nueve días; se había independizado.
Fue la mejor etapa de su vida, aquí sí que controlaba al
cien por cien lo que le rodeaba. Si no tenía ganas de ver a nadie se quedaba en
casa, si tenía ganas salía, encontró el culmen de la libertad. Para colmo por
circunstancias del trabajo le habían ascendido y pasó a dirigir las tiendas en
las que previamente era solo un ayudante; el sueldo aumentó considerablemente.
Todo venía de cara, hasta la ansiedad se escondió.
Entonces comenzó a convertirse en lo que el mismo llamaba “un
golfo”. Acostumbrado al trabajo desmesurado ahora tenía mucho tiempo libre que
gastar y dinero suficiente para no privarse de lo que quisiera. Comenzó a
conocer chicas, en el fondo buscaba una nueva relación, pero nunca se daba,
todas tenían algo que no lo permitía. No había un sábado que saliera a tomar
algo en el que no volviera con una chica a casa incluso en más de una ocasión
hice doblete en un solo fin de semana. Algunas de ellas no le aportaban lo que él
quería y en otras el fallo estaba en él mismo, pero no se preocupaba
simplemente seguía divirtiéndose. Los que estaban a su alrededor alucinaban
porque lo veían y sus vecinos lo sabían porque oían esos tacones y gritos
nocturnos inapropiados hasta ese momento en el bloque de viviendas.
Sin embargo y tras casi dos años en esta situación comenzó a
aburrirse de lo mismo, comenzó a empezar a no salir. Sería un problema de baja
moral por no conseguir su objetivo lo que le llevó a encerrarse, pero no por
ello estaba a disgusto, seguía haciendo lo que decidía en cada momento.
La empresa para la que trabajaba empezó a irse a pique y de
inmediato optó por desaparecer antes de la quiebra. Le despidieron con una
jugosa indemnización y empezó a cobrar el desempleo. Al poco se puso a trabajar
de nuevo con su taller y otros trabajos esporádicos y de baja remuneración, a
pesar de todo comenzaba su cuesta abajo económica.
Y estando en su casa una noche de sábado hablando por
internet una chica le ofreció a salir en aquel mismo momento. Le dijo que no
pero no dejaba de insistir por lo que se vistió y salió con ella, había
conocido a quien marcaría su vida para mal de por siempre.
Se trataba de Daryl, una mujer muy compleja lo cual en
principio le atraía mucho, siempre le gustaron los retos y tan solo hizo falta
un mes para empezar a vivir juntos. Ella tenía su pensión y William sacaba
económicamente su piso adelante, no había graves agobios económicos, una vida
sencilla y tranquila. Parecía ideal pero la inseguridad del empleo de William le
hizo volver a poner su currículum a la vista. Y le llamaron de una empresa que
se dedicaba a las reparaciones de electrodomésticos e informática y fue a la
entrevista; como no, William sabía que le escogerían y así fue de nuevo.
El trabajo estaba bastante bien en sí pero el compañerismo
brillaba por su ausencia, había un ambiente enrarecido cuya base desconocía lo
que le hacía presentir que iba a durar poco tiempo allí, tenía que buscar
salida, pero ya no quería trabajar para nadie, quería montar un negocio para sí
mismo.
Primero se lo propuso a Daryl que tras dos días de
pensárselo dio el visto bueno; había creado un proyecto para ir a montar una
empresa de reparaciones a Madrid, Jerez se le quedaba pequeño y en Madrid le
surgió la posibilidad de irse con un contrato de franquicia bien estudiado.
Esta creación imponía la solicitud de un crédito para el inicio de la
actividad, un crédito que el banco vio con buenos ojos ya que el proyecto era
muy viable. Como no, el banco pidió un aval y ahí volvió a entrar su padre,
esta vez sin entusiasmo, pero accedió a volver a avalar. Un año justo después
de haber empezado en la última empresa William y Daryl hicieron las maletas y se
fueron hacia Madrid no sin antes plantearse el hecho de casarnos y darle fecha
y forma.
Llegaron a Madrid el 30 de agosto de 2012 casi con una mano
delante y otra detrás, ella cada vez tenía menos esperanzas y él cada vez se
involucraba más en trabajar, estaba en torno a unas 14 horas diarias. No era un
problema para William, el fin de semana estaba libre y se podía descansar sin
problemas, el problema que sí existía era el económico pues los cobros de los
trabajos realizados se eternizaban siendo toda una frustración. No cobraba al día
y sin embargo los bancos apretaban. En diciembre bajaron a Jerez, era su boda. William
estaba muy ilusionado porque hacía feliz a la que en ese momento iba a ser su esposa,
pero no hizo falta mucho tiempo para ver que la relación no duraría demasiado.
Había muchos pequeños detalles que le hacían ver la
debilidad de este matrimonio, pero aun así prosiguió.
Él se recluía en el trabajo, ella le acompañaba en todo
momento para una mayor eficiencia y para ayudarle a superar la ansiedad que
debido al estrés de la empresa había reaparecido. Fue un tiempo largo y oscuro,
William tenía que tomar diariamente pastillas para la ansiedad, el estrés le
colmaba, pero con tal de llevar el trabajo adelante sacaba fuerzas y lo iba
consiguiendo. Lo que no terminaba de ver era que su matrimonio empezaba a
decaer a un ritmo brutal. Ella estaba cansada de tener que trabajar junto a él
y empezó a tratar de poner remedio consiguiendo que alguien se viniera a
trabajar con él. No podía hacerlo todo el tiempo porque el beneficio no daba
para contratar a nadie, pero aun así consiguió que ella no tuviera que venir
tan a menudo.
Pero un día todo cambió, volvió de trabajar y Daryl le dijo
que iba a salir a tomarse algo con una amiga suya, horas después la llamó y no
contestaba al teléfono; llamó a su amiga y no sabía nada de ella y comenzó a preocuparse.
Entró en el ordenador y allí estaba, había quedado con otro hombre. Nada más
llegó a casa le pidió que le contase la verdad y le dijo que había estado con
su amiga, le insistió tanto que finalmente ella capituló diciendo la verdad de
lo que ocurrió, incluso llamó al otro hombre delante de William para decirle
que su marido se había enterado de la cuestión.
Dolor más profundo no podía sentir. Los ansiolíticos
comenzaron a subir en dosis hasta niveles límites sin que con ello la ansiedad
bajara lo suficiente. Ahora tenía dos duros frentes en los que luchar, el
trabajo y la pareja. En el trabajo trató de mantener la compostura y lo logró,
sin embargo, en el matrimonio no fue así, la traición recibida no podía
asimilarla. William se convirtió en un alma vagabunda a pesar que tras muchas
conversaciones decidió seguir adelante perdonando la infidelidad, perdonando,
pero desde luego que, no olvidando, no podía salir de su ser.
En ese momento todo lo que se iba logrando al levantar lo
que primero fue un simple autónomo y luego empresa se comienza a caer ya que
las fuerzas no acompañan y en Madrid comenzó a sentirse bastante solo. La
separación vendría tarde o temprano y luchó por aplazarla. Tanto luchó que
decidió por el bien de su esposa volver a Jerez para que ella estuviera más
arropada junto a su familia directa. Consiguió traer la empresa hasta aquí aun
a sabiendas de que los ingresos podían no cubrir los gastos creados.
Y así en diciembre de 2014 una nueva mudanza, volvíamos al piso
a tratar de encauzar todo. Poco tiempo se tardó en ver que no solo no se iba a
encauzar, sino que unos meses después ocurrió lo inevitable, una segunda
infidelidad por parte de Daryl. Ya llevaba William un tiempo en el que había
perdido el apetito sexual hacia ella, le daba asco rozarle y cuando alguna vez
practicábamos sexo siempre pedía que fuera a oscuras, no podía verle la cara.
Y volvió con una nueva infidelidad. Ya con la segunda
infidelidad sabía que era cuestión de muy poco tiempo el hecho de terminar la
relación, tan solo aguantaba porque le daba igual, sabía dónde estaba y se
tenía que centrar en su trabajo obligatoriamente, se decía a sí mismo que ella
se fuera cuando le diera la gana. Al centrarse en su empresa consiguió un nuevo
contrato para trabajar con una importante empresa a nivel nacional, se trataba de
un cargo administrativo que le emocionaba y al mismo tiempo le quitaba de salir
a la calle. Comenzó a trabajar en esto desde su propia empresa y los ingresos
aumentaron un 500%, ganaba casi 4000€ al mes; pero cuando miraba las cuentas
del banco el dinero no estaba, se iba perdiendo a pesar de ingresar unos 3000€
al mes. Esta cuestión le mosqueó bastante ya que era su mujer la que llevaba
las cuentas y comenzó a indagar y encontró como en los extractos de las cuentas
aparecían reembolsos de los cajeros, pero no se pagaba ninguno de los
préstamos.
Volcó su rabia e ira contenidas fundamentalmente hacia sí
mismo por haber sido tan inocente, su mujer estaba preparando concienzudamente
su escapada. Y he aquí que un domingo por la mañana William se despertó y me
encontró el ordenador encendido, tenía una búsqueda de pisos de alquiler; era
temprano y su mujer había trasnochado, pero aun así la despertó y la llevó
frente al PC. Sus palabras fueron claras y directas: “si estás buscando piso
para irte coge tus cosas y búscalo desde otro lugar”; en menos de dos horas se
fue del piso con sus cosas, había llegado el final.
En ese momento tuvo que cambiar el chip, lo que más le dolió
fue el expolio económico porque a ella ya no la quería, pero ese atraco
implicaba a quien hizo de avalista, Johan, su padre. Lo primero que hice fue
llamarlo para que viniera a recogerle y así tomar algo juntos. Él no sabía lo
que le iba a comunicar y cuando se lo dijo le preguntó sobre lo que tenía
pensado hacer. De inmediato decidieron entre ambos que debía abandonar el piso
para volver a casa de sus padres, la carga económica era demasiado alta y solo
así podría haber un ápice de esperanza. El dinero ganado durante mucho tiempo
desapareció en cuestión de dos meses y siempre a través de salidas de cajero
con tarjetas que las poseía la que hasta ese momento era su mujer.
Comenzó a renegociar con los bancos acerca de todas las
deudas al mismo tiempo que se centraba al máximo en sus nuevas obligaciones
empresariales. Removió cielo y tierra buscando esa solución sin encontrarla de
forma clara. Aun así, seguía pagando, alquiló el piso para al menos quitarse
del gasto hipotecario y empeñó varios objetos que no eran necesarios; hacía
todo lo posible por limpiar deuda, pero no veía el final.
Al llegar a casa de sus padres sabía que iba a tener otro
problema, su madre. Ni siquiera había llevado sus cosas a casa de sus padres
cuando comenzaron las críticas tremebundas y abusivas, menos mal que ya sabía
hacer oídos sordos porque las palabras que salían de ella hacia William no
hacían más que provocar un enfrentamiento que podía llegar a ser muy grave.
Entonces fue Johan quien se vio en medio de esta situación,
había mucho en juego por solucionar; la mala situación económica, la continua
pelea de su madre con William y la frustración por no poder hacer nada en
ningún caso.
Cinco meses después en una torpeza se rompió el brazo, concretamente
el radio, lo cual le incapacitaba para trabajar en ningún momento. Todo iba a
peor y poco se podía hacer. La mutua comenzó a pagarle una baja mísera que
impedía por completo hacer frente a las deudas que iba sobrellevando del mejor
modo que podía, pero este ridículo ingreso provocaba que el cerco de los
acreedores se estrechara sobre William.
Se encerró en su habitación, la cual tenía llave propia y
alejada de su madre y comenzó a pensar en el modo en el que poder salir de esta
situación. Y fue su hermana mayor quien le dio una posibilidad que tenía que
intentar, le habló de una ley, la ley de la segunda oportunidad para pymes y
autónomos. Comenzó a estudiarla y a ver la viabilidad dado su caso y ya metido
en verano contactó con un abogado especializado en esta ley. El abogado escuchó
su situación y le dijo que reunía el perfil adecuado para acogerse a esta ley y
así poder exonerar las deudas; William vio el cielo abierto. Comenzó a realizar
todos los pasos indicados por el abogado, tenía cuando menos la obligación
moral de intentarlo. No podía ver como a sus padres les quitaran todo lo que
tenían sin hacer nada más a pesar de su grave hundimiento moral. Lo hizo en
silencio, solo informaba a Johan el cual demostró bastante incredulidad por lo
que instó al abogado a mantener una reunión in situ con su padre, a él sí le
haría caso. La cuestión fue avanzando, pero a día de hoy William aún no tiene
resultados.
Una vez terminó con la recuperación del brazo comenzó a
trabajar de nuevo, pero debido a lo ancho de las deudas no podía hacerlo
mediante una cotización normal y la empresa estaba en standby.
Pasó noviembre y diciembre de 2016 en un pueblo de Toledo
llamado Illescas impartiendo clases de electrónica a un joven emprendedor. Esa
corta travesía en Illescas le hizo ver lo falto que estaba de muchas
cuestiones, la más importante era ver que estaba prácticamente solo. Allí en sus
momentos libres salía por el pueblo e hizo amistades, pero eran amistades que
no podían conocer su trasfondo. Bebía mucha cerveza en estos momentos libres,
tanta que incluso los lugareños se quedaban sorprendidos. En lo laboral crecí
mucho pues incluso estuve dando conferencias a personas de mayor nivel de
estudios al suyo, pero con carencias en su campo, la electrónica de base; fue
todo un éxito que le enorgullece mucho.
Justo el día antes de navidad llegó de nuevo a Jerez, a casa
de sus padres. Con lo ganado en Illescas consiguió ponerse al día con su padre,
su abogado y otras pequeñas deudas que había dejado, pero volvió a estar sin blanca
lo que le conminó al encierro en su cueva, su habitación.
Tras fin de año pensó en todas esas voces que le habían
dicho en algún momento que bebía mucho e hizo algo para acallarlas, dejó la
bebida por completo; estuvo 37 días desde ese momento y en ese tiempo tan solo tomó
unas diez cervezas salteadas. William sabía que no era un problema, pero por si
acaso quería demostrárselo a sí mismo y a los demás y está con la convicción de
no ser un bebedor y sin la necesidad de tomar.
Aprovechando la coyuntura de abandonar el vicio de la
cerveza se enfrascó en otro reto de dificultad mayor, quería dejar los
ansiolíticos que llevaban años junto a él. Su doctora le dijo que le llevaría
meses y mucho suplicio el abandonar una dosis tan elevada como la que tomaba sin embargo
no le aportó una solución real a seguir. La puso directamente él; el plan
consistió en estar al menos 24 horas sin tomar ninguna pastilla para conocer la
reacción que tendría su cuerpo, más que 24 horas pareció una semana, pero
funcionó. Avisó a dos personas de lo que iba a hacer para que estuvieran
prevenidas por si le ocurría algo fuera de lo normal y lo consiguió. Tras esas
24 primeras horas comenzó a tomarlas, pero siempre bajando cada día la dosis
que tenía prescrita. Si bien partía de cuatro miligramos diarios en cuatro
meses a día de hoy la dosis es inferior a un miligramo y bajando.
Con estas dos acciones sobre la cerveza y los ansiolíticos William
busca algo muy claro que es cuidarse a sí mismo, porque cuando salga de este
bache volverá a ser el William impetuoso y luchador, el que a pesar de los
errores no se resigna y siempre busca mejorar; y para conseguirlo debe estar en
las mejores condiciones físicas y mentales posibles.
Y así sigue a día de hoy William, esperando una respuesta de
la vida en general, esperando y actuando, esperando y actuando…
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